19 June 2019 09:13 AM

Motivos del optimismo o el pesimismo sobre el futuro de Egipto

Thursday، 06 March 2014 - 12:00 AM

Galal Amin

Artículo de Galal Amin, publicado en As-Shorouk, el miércoles, 19/2/2014

Desde que empecé por vez primera a ser consciente de los acontecimientos políticos en Egipto (algo que comenzó hace más de 60 años), puedo acordar muchos eventos alegres (como  el estallido de la Revolución de 1952 y la nacionalización del Canal de Suez en 1956), y otros tantos tristes (tales como la derrota militar de Egipto en 1967, o la visita de Sadat a Al-Quds, Jerusalén, en 1977), pero no puedo acordarme de ningún momento en que los egipcios estaban tan perplejos acerca del futuro como  sienten hoy en día.

 “¿A dónde va Egipto?” es la pregunta que te la plantean actualmente todos los que te ven igual que la formulan todos los interlocutores en los debates televisivos. Y los egipcios están divididos entre optimistas y pesimistas. Sin embargo, tanto los confiados como los desconfiados tienen un cierto grado de reticencia a tales sentimientos contradictorios y a dudar en la veracidad de los mismos.

Los optimistas aseguran que lo sucedido el 25 de enero de 2011, y en las posteriores semanas hasta la caída de Hosni Mubarak, es algo fenomenal e insólito en la historia egipcia. Creen que Egipto no puede volver a lo que era antes del 25 de Enero de 2011. Consideran que lo ocurrido representa un paso colosal en el camino a la democracia, pues con el cual los egipcios pudieron romper la barrera del miedo (algunos dicen que fue la primera vez en su larga historia), así que no se puede pensar, de ahora en adelante, que volverían a aceptar la injusticia. Ya se ha elaborado hace poco una nueva constitución y fue aprobada por una mayoría aplastante de los egipcios. A pesar de que los optimistas están dispuestos a reconocer haber algunos defectos en el nuevo documento constitucional, dicen que, en su totalidad, se considera la mejor constitución a lo largo de la historia egipcia y sus imperfecciones pueden ser corregibles en el futuro.

Al otro extremo,  los pesimistas que todavía no confían en que el régimen de Hosni Mubarak se ha acabado para siempre. Observan, con preocupación, que algunas caras del antiguo régimen han vuelto a levantar la cabeza.  Registran, también,  una tendencia crítica con la Revolución del 25 de Enero que los medios de comunicación le otorgan cada vez más espacio. Una tendencia que llega a insinuar (y veces lo expresa claramente) que dicha revolución pudo ser el resultado de una conspiración estadounidense cuyas metas se desconocen con exactitud. Perciben, además, críticas y difamaciones contra algunos jóvenes protagonistas de esta revolución llegando a dirigirles acusaciones inconvincentes para justificar la detención de muchos de ellos y la tortura de algunos. Este grupo de pesimistas no descarta un repliegue total de la revolución y la vuelta a la situación anterior al 25 de enero.

Entre estas dos posiciones contradictorias, los exagerados tanto en el optimismo como en el pesimismo, hay otras posiciones que varían en su alineamiento hacia uno de los dos extremos.  Hay, por ejemplo, los que no temen la vuelta del Régimen de Mubarak, sino la del régimen militar. Aquellos recelan del control de algunos militares sobre el gobierno actual y sus decisiones, de la escalada de propaganda hacia uno de ellos en concreto, el mariscal Al-Sisi, así como de algunos artículos de la constitución que abren paso al incremento de la influencia de los militares. Temen que esto sea un allanamiento del camino para la vuelta del régimen de los militares que comenzó en Egipto con la Revolución de 1952 y lo que esto acarrearía de pérdida de democracia para la cual estalló la Revolución del 25 de Enero de 2011.   

Al contrario de este último grupo, algunos acogen con mucha alegría la vuelta del gobierno militar, y especialmente el gobierno del mariscal Al-Sisi. Insisten en que se postule a la presidencia de la República. Lo Justifican acentuando que fue él quien nos liberó del régimen de los Hermanos Musulmanes el 30 de Junio desafiando la voluntad y las presiones estadounidenses y europeos. Ven (sobre todo tras la última visita a Moscú) una similitud entre Al-Sisi y Gamal Abdel Nasser que se encaró a las grandes potencias mundiales cuando su voluntad contradijo la voluntad nacional.  

No he mencionado, entre las distintas posiciones planteadas, la de los Hermanos Musulmanes. Es que sus criterios de optimismo o de pesimismo son diferentes de los demás. Me parece que su principal criterio no consiste en avanzar hacia la democracia ni acabar con la corrupción ni siquiera liberarse de la dependencia de potencias extranjeras, sino hasta qué punto los suyos se han adueñado del poder.  Esto es lo que creo al menos en lo que ataña a sus líderes y sus dirigentes.

Cuando me pregunto sobre si mi cercanía o lejanía a esta o aquella posición, me siento simpatía con cada una de ellas, pero también les guardo importantes reservas.  

Hay que reconocer, ante todo, que a pesar de mi alegría con la Revolución del 25 de Enero, mi entusiasmo por ella era menos que el de muchos.  Esto me recuerda lo que he notado en mi familia hace sesenta años, cuando estalló la  Revolución del 23 de Julio de 1952. Tenía entonces 17 años. Mi hermana y yo estábamos llenos de alegría y muy entusiasmados por la caída de un rey corrupto y un régimen injusto. Sin embargo, mi padre, que se acercaba a los setenta, aunque tuvo cierta alegría por la revolución, estaba menos entusiasmado. Pensaba en este momento que su poco entusiasmo se debe simplemente a la vejez, pero ahora puedo entender mejor su posición. Parece ser que mi padre, que había vivido más que nosotros, había experimentado tantas cosas en su vida que le llevaban a predecir que el futuro conllevaría lo que lograría algunas de sus esperanzas y decepcionaría otras.  Debería haber preguntado a sí mismo ¿Qué es lo que pueden hacer unos jóvenes oficiales entusiasmados frente a un mundo tan feroz?  En efecto, con el paso del tiempo desde la Revolución del 25 de Enero de 2011, mi alegría por lo que reveló la Revolución era mayor que lo que podrían ser sus resultados. La Revolución de Enero desveló cosas maravillosas que deben haberse formado gradualmente a lo largo de las seis décadas posteriores a 1952.  Se nos descubrió jóvenes egipcios más patrióticos de lo que se pensaba antes del 25 de enero así como más dispuestos a desempeñar una acción positiva  para su patria. Se nos reveló, también, que las mujeres y las jóvenes egipcias llegaron a ser más liberales, mental y psicológicamente, de lo que se creía; que los musulmanes y los coptos están más dispuestos a quererse y a trabajar juntos para la patria; y que los ciudadanos que viven en comarcas fuera de El Cairo y Alejandría están, en comparación con lo que era hace 60 años, más concienciados de lo que pasa en Egipto y en el mundo. Eran, con razón, sesenta años llenos de errores y corrupción, pero todo ello no impidió que ocurrieran muchos avances formidables e invisibles que, repentinamente, se nos revelaron el 25 de Enero de 2011 y en pocos  días después.  Aún así, nada más pasar pocos días después de la caída de Hosni Mubarak, cuando hemos empezado a ver cosas alarmantes y nuevos motivos de frustración hasta el punto de llegar a oír a un gran analista político decir, hace unos días, que no podemos ni predecir lo que ocurrirá en el futuro ya que la situación de Egipto ahora es parecida a la de un coche enteramente estropeado y sus ruedas se han metido en la arena lejos de la calzada. ¿Cómo, pues, podemos hablar de que caminamos hacia un futuro mejor mientras no estamos ni siquiera en el comienzo del camino?

No creo que sería útil que nos fuéramos tan lejos en el pesimismo. Es verdad que el futuro está lleno de cosas desconocidas que, a veces, se ocultan premeditadamente, pero no creo que este desconocido vaya a ser del todo malo. Es casi seguro que  acarrearía alegres sorpresas y otras entristecedoras. Pero creo que los motivos reales de optimismo y pesimismo se diferencian mucho de las razones que se reiteran en estos días.  

 

 

 

 

 

 

 

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