26 June 2019 12:34 PM

Madad Cuento de: Naguib Mahfouz

Tuesday، 04 October 2016 - 01:37 PM

La historia de Abdín corría de boca en boca; heredó la pequeña tienda de especies de su padre, que le hizo vivir dignamente. Vivía con su madre después de haberse casado sus hermanos. Se distinguía entre los jóvenes del callejón con la esbeltez y agilidad de su cuerpo, por la inocencia de su cara, la amabilidad de su alma y la buena relación que le une con los conocidos y los amigos. La primera cualidad que le definía era su profunda fe y ciega creencia en los videntes y su afición a visitar las tumbas de apóstoles. No caminaba ni un paso antes de consultarlo a los videntes y rogar al destino. De tanta convivencia, sus vecinos sus vecinos se convirtieron en su familia. Estos vecinos tenían una hija llamada Shamael que tenían dos años menos que Abdín. La conoció desde la niñez, cuando jugaban en el callejón o se reunían con los demás niños llevando las linternas en el mes de Ramadán. Shamael era muy bella y muy educada. Sabía hacer todos los labores de la ama de casa. Sabía escribir su nombre y otras palabras.

Todos los vecinos del callejón sabían que Abdín y Shamael eran novios, ya que se amaban. Cuando se acercó el día de la boda Abdín se acordó de su afición exclamando: “¡Cómo es que consulto a los videntes en todo movimiento y no lo hago en un asunto grave como este!”. Enseguida se dirigió al jeque Shanauani; le contó lo de su casamiento, mientras el jeque le estrechaba la mano y le olía el sudor y terminó ordenándole que fuera al callejón, esperara en la bocacalle  y que la primera mujer saliera sería la mujer con quien se casara, porque será su destino y su felicidad. Abdín volvió al callejón muy apasionado y muy tenso. Casi estaba seguro de que esa mujer será Shamael, pero ¿a dónde va a ir Shamael a la hora del atardecer?

El primero en salir del callejón fue Sarhan el ciego seguido por un niño que jugaba con su aro y contaba:” A la entrada de nuestro callejón está Hasan el cafetero”. Abdín empezó a inquietarse y se dijo a sí mismo: “Oh Dios me rindo a tu voluntad”. Mientras tanto, se alzó una voz “Vendo buenas guayabas”. Enseguida apareció un carro con una pirámide de guayabas empujado por Halima. Abdín se sorprendió mirándola fijamente. Halima, al verle en esta situación, le rió y le preguntó ¿Qué te pasa? ¿Porqué te pones así como un guardia?.  Halima siguió hacia la plaza y él decía “Dios mío, ¿querrá decir el jeque que Halima, hija de la vendedora de encurtidos  y del fallecido Ahmed El Makari, es la mujer con quien me caso?. Nadie en nuestro callejón desconoce a Halima, pero como dice su madre con orgullo: “ Es un hombre entre los hombres, a pesar de su belleza y atracción”. Abdín se quedó solo comparando entre Halima y Shamael.

Habló con su amigo, El Zahabi, quien le dijo:” Las dos no tienen nada en común; conociste a Shamael por la vecindad, por el trato y por el testimonio de los vecinos y conocidos. Las palabras de los jeques y videntes no son sagradas:. Sin embargo, la creencia de Abdín en los consejos del vidente eran por encima de cualquier discusión. La noticia empezó a difundirse poco a poco, motivándola sorpresa, la risa y las lagrimas en muchos ojos. Ha habido mucha oposición y muchos conflictos sobre la unión inesperada, pero Abdín resistió con firmeza a toda oposición. Un día por la tarde, Abdín se dirigió a la vivienda de Halima y pidió su mano a la madre. La fantasía comenzó a transformarse en realidad.

Una noche mientras Abdín se encontraba en el cafetín oyó a Hamouda anunciar a todos los borrachos: “La loca ambiciosa no se enamoró de nadie más que de mí, pero la imagen de la tienda de especies la cegó”.

El día de la boda la novia fue al Hammam para limpiar su cuerpo del sudor de los a;os y del polvo del callejón; limpió y peinó su pelo , habitado de insectos, y pareció otra. Se consumió el matrimonio y Halima pasó a vivir con el joven especiero en su casa cerca de la tienda. Abdín rogó a Dios que le obsequiara con la felicidad que le costó sacrificar su corazón y toda la consideración. Vivieron días dulces y Abdín vivió su nuevo amor intensamente para tapar su primer amor y enterrar sus obsesiones. La historia perdió relevancia y nadie volvió a comentarla.

Abdín practicaba su vida de forma normal, notando a su mujer para no perder ninguno de los secretos de felicidad. Desde que empezó la convivencia con Halima, Abdín sintió su fuerza. La verdad es que Abdín era muy optimista, pero se convenció de que la prometida felicidad no es un simple don, ni un sentimiento fácil de tener desde el primer momento. Al contrario, es una vida profunda que tiene sus tuneles subterráneos y, por lo tanto tiene que espera. Halima, por otra parte, no esperó; enseguida se hartó de su vida hogareña y anunció su malestar y su rebeldía contra la presión en que vive. Abdín se sintió perplejo ante un fenómeno extraño en el mundo de las mujeres. Sin embargo, Halima le dijo con franqueza y con osadía: “Déjame trabajar, que para el trabajo nací”. Abdín se quedó mudo ante esta sorpresa, y la mujer continuó: “No te preocupes por lo que diga la gente porque nunca han dejado de hablar de nosotros”.

Halima insitía y resistía y Abdín tiraba y aflojaba, porque nunca le importaron los incidentes que son, pensaba, indicios de la inevitable felicidad, ¿no le dijo el jeque Shanauani?

El callejón vió a Halima compartiendo el trabajo en la tienda con su marido. Volvió a tratar con sus viejos clentes de especies y volvió Hamouda también. De ahí, ha habido mucho ruido sobre esta relación. Un día el amigo de Abdín, El Zahabi, le preguntó:”? Estás contento con esta felicidad?”. Abdín le contestó tranquilamente “paciencia, que pronto llega la victoria”.

De repente desapareció Halima, apoderándose de todo el dinero de la tienda, que ella lo consideraba como su derecho. Le envió a Abdín un mensajero para pedir perdón y divorcio. Abdín lloró amargamente y cuando vió a su amigo venir le abrazó; recuperó el ánimo y le dijo: “La voy a divorciar enseguida”. El amigo no pudo disimular su alegría, Abdín le miró fijamente y después de un silencio dijo:” probará su suerte lejos de mí, pero volverá”. Suspiró y continuó diciendo a su amigo, que se quedó  atónito,: “La palabra de Shanauani no miente”.

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