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¿Por qué estalló la Revolución del 30 de Junio?

Sunday، 08 December 2013 12:00 AM

       
Sólo un año y tres días después de su llegada al poder, el pueblo egipcio decidió poner fin al mandato de Mohammed Morsi debido a su funesta gestión de la transición democrática y los fatales errores del gobierno del Partido de la Libertad y Justicia (brazo político de la Organización de la Hermandad Musulmana).  En tan sólo un año, tanto Morsi como su Gobierno han acabado con la credibilidad, al menos política, de la que habían gozado los Hermanos Musulmanes durante ochenta y cuatro años. Al pueblo egipcio le impulsaron el gran resentimiento y el malestar general a reclamar elecciones presidenciales anticipadas para acabar así de una vez con el régimen de Morsi. Esto se debe a múltiples razones, que llevaron a un cada vez más duro rechazo al Gobierno y al Presidente que lo había elegido antes.

El mal rendimiento del gobierno de Morsi en los diversos ámbitos de actuación: política, social y económica, evocó a la consciencia colectiva de los egipcios las graves equivocaciones cometidas por su formación en la etapa posterior a la Revolución del 25 de Enero. Uno de estos principales errores  es  mostrar mucha confusión y efectuar cambios en sus posiciones estratégicas a lo largo de dicha etapa. Primero: anunciaron que no aspirarían a una mayoría absoluta en el Parlamento para no abusar de su buena posición política frente a las demás fuerzas de carácter más liberal que no gozaban todavía de la misma estructura organizacional que los Hermanos Musulmanes.  Segundo: aseguraron que no presentarían ningún candidato a las presidenciales. Pero sin ninguna justificación convincente o lógica fueron en dirección opuesta generando cada vez más desconfianza en su organización tanto entre las demás potencias políticas como entre la población egipcia.

Una vez en el poder los Hermanos Musulmanes intentaron establecer un sistema sectario, basado esencialmente en la exclusión de los oponentes. Los miembros de la oposición, activistas o manifestantes que rechazaron su política, eran acusados de ser infieles y contrarios a la aplicación de Sharia. Con ello acentuaron un estado de polarización que se iba gestando en la sociedad egipcia desde el inicio de la transición entre los partidarios del proyecto islamista del Presidente y su grupo político, por un lado, y los opositores a este proyecto que solían calificarse como "laicos”, por otro. Este comportamiento despertó las latentes tensiones sectarias provocando diversos linchamientos y persecuciones entre la minoría chií y la población copta. La pasividad del Gobierno hacia la galopante crispación social animaba el cometido de atrocidades como la quema de iglesias o de casas de cristianos, o la matanza en público de cuatro egipcios chiíes acusados de difundir su doctrina en el pueblo donde vivían.

En su afán de controlar todos los resortes del poder, la Hermandad se olvidó de que su representante, es decir el ex presidente Mohammed Morsi,  llegó a la jefatura del Estado con un escaso margen electoral y tras la segunda vuelta de elecciones.  Además, a Morsi le dieron el voto ciertos electores porque el grueso de los votantes rechazaba al candidato contrincante que  representaba una nueva edición y vuelta del régimen de Mubarak. Sin embargo, los líderes de los Hermanos Musulmanes creyeron que su victoria fue esencialmente un respaldo a su  ideología.

Por eso, en vez de empezar a buscar soluciones a los problemas más urgentes de los ciudadanos, llevar a cabo una transición más consensuada tal y como había prometido Morsi, se preocuparon más por implantar o colocar a los suyos y a los afines a su ideología en los puestos claves del Estado. La idea era aprovecharse luego de las instituciones del Estado para imponer no sólo un sistema de gobierno no consensuado con las fuerzas políticas sino también una cierta corriente de pensamiento.

 

Para colmo, los afines  a esta organización islamista demostraron, desde que llegaron al poder, una ilimitada capacidad como gestores tomando decisiones influenciadas más por la ideología que por los intereses del pueblo. Muchos egipcios atribuyeron las evidentes disfunciones de Morsi y de su  Gobierno a que sus decisiones les llevaban dictadas por parte del Murshed (el guía político-espiritual de los Hermanos Musulmanes), Mohamed Badie, y de su número dos, Jairat al Shater.

 

A nivel social, merece destacar el abandono por parte de la Hermandad de la red de ayudas sociales cuidadosamente tejida a lo largo de varias décadas. El acceso al poder les impedía, al parecer, seguir llevando a cabo su labor social y caritativa. Este desinterés creciente les restó más credibilidad.

 

El primer error de Morsi fue rechazar formar un gobierno de consenso nacional y empecinarse en nombrar como primer ministro a Hisham Qandil, que no se considera ni tecnócrata ni de altas cualidades como para resolver los problemas económicos. Era una designación contraria a su promesa de elegir un primer ministro tecnócrata e independiente ya que Qandil es uno de los afines a los Hermanos Musulmanes.

A continuación, el régimen inició una serie de provocaciones contra el poder judicial empezando con la destitución del fiscal general culminando con el asedio del Tribunal Constitucional por parte de los partidarios del Presidente, pasando por muchos intentos de marginar su papel o ignorar sus decisiones. Morsi intentó, además, restablecer la Asamblea Popular, es decir la Cámara Baja, que había sido disuelta pocos meses antes por la justicia por considerar que el sistema electoral según el cual fue elegida era inconstitucional. Pero lo que más enfureció al Poder Judicial,  concretamente a la mayoría absoluta de las fuerzas políticas y a buena parte de la población egipcia incluyendo aun a los propios consejeros presidenciales de Morsi, fue la Declaración Constitucional que colocaba a las decisiones del Presidente por encima de las sentencias judiciales y destituía al procurador general del estado en detrimento de las normas legales y constitucionales vigentes. Fue un ataque sin precedentes contra uno de los pilares básicos de la democracia, lo que provocó una bola de nieve de rechazo y de desconfianza hacia Morsi que no cesó de crecerse hasta el 30 de junio de 2013.

Otro de los motivos principales del descontento del pueblo egipcio era la imposición unilateral por parte del gobierno islamista de una constitución confesional, que atenta contra los derechos de los trabajadores, las mujeres y las minorías. Esa “constitución” fue, en efecto, dictada por una Asamblea Constituyente no electa por voto popular, sino nombrada por los islamistas. Pese al rechazo de casi todas las fuerzas liberales, laicas y de la Iglesia copta, Morsi insistió en llevar a cabo el referéndum constitucional.

 

Su gestión económica, tampoco estuviera a la altura de las circunstancias especiales y excepcionales del país ni de las expectativas. A lo largo de un año en el poder, el déficit fiscal se duplicó, la deuda externa aumentó en un 30%, las divisas estaban prácticamente agotadas, el desempleo superaba el 13%, el turismo continuaba sin que pueda reflotarse y el 25% de la población vivía con menos de un dólar al día. Ante esta situación Morsi se encalló en negociaciones con el Fondo Monetario Internacional (FMI), tratando de cerrar las condiciones de un préstamo de 4.800 millones de dólares que se consideraba un voto de confianza a su gestión. Al final no pudo por no querer asumir el coste social de la cancelación del subsidio o las subvenciones a productos como el pan o el petróleo en cumplimiento de los requisitos del FMI.

 

La situación inestable de la política y de la seguridad junto con la devaluación de la libra egipcia tuvo un impacto negativo en la Bolsa Egipcia y en la calificación crediticia de Egipto, que se ha rebajado en varias ocasiones ahuyentando aún más a los inversores.

 

Es más, a lo largo del corto régimen de Morsi, las libertades civiles vivieron sus peores momentos. Muchos periodistas han sido perseguidos por acusaciones ambiguas tales como difamar al Islam o insultar al Presidente, e incluso el propio Morsi arremetió contra varios medios de comunicación. El régimen también ha trabajado esforzadamente para ijwanizar(del árabe ijwan, hermanos, es decir nombrar a los pertenecientes y simpatizantes con la Hermandad Musulmana) todas las instituciones de prensa para reducir el impacto de los medios de comunicación que suele criticarse al régimen. Las organizaciones de la sociedad civil y las nuevas centrales sindicales críticas con su actuación tampoco quedaron a salvo de sus ataques.

La seguridad nacional fue también amenazada gravemente bajo la presidencia de Morsi debido a sus órdenes de liberar a muchos yihadistas, combatientes islamistas, acusados ​​de intentar crear un emirato islamista en  Sinaí, sin olvidarse del problema de los túneles que unen el-Sinaí con la Franja de Gaza, excavados mientras el Presidente miraba a otro lado, para respaldar el régimen islamista de Hamas en Gaza. Dichos túneles tenían una doble finalidad: pasar productos comerciales y satisfacer las necesidades básicas de la gente en Gaza, pero trasladar también una gran cantidad de armas a manos de grupos extremistas que amenazan la seguridad tanto en Egipto como en Gaza.

 

Otra de las debilidades del régimen era el gran fracaso en el tratamiento con las cuestiones sensibles relacionadas con la seguridad nacional del país como la construcción de la “Gran Presa del Renacimiento” en el Nilo Azul por parte de Etiopia. El Gobierno discutió este problema en una reunión con los líderes políticos egipcios en presencia del presidente Morsi. La sesión era confidencial, pero fue transmitida en vivo por la televisión, causando gran escándalo en la Presidencia egipcia, porque algunas de las propuestas planteadas por los asistentes eran bélicas (como recurrir al sabotaje o a la financiación de movimientos guerrilleros etíopes) para bloquear la construcción de la obra, mientras otros lanzaron severas críticas no sólo contra Etiopía, sino también contra Sudán.

Este cóctel de problemas políticos, económicos y sociales era el detonante  del enorme estallido popular que alcanzó su pico el 30 de junio. Lo que pasó en Egipto termina, sin lugar a dudas, lo que podríamos llamar la primera fase del cambio en que los Hermanos Musulmanes deben admitir el gran fiasco cuando intentaron administrarla sin la participación de los demás. 


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